“Yo no me casé para cocinar” fue la frase que respondió una de mis mejores amigas, cuando recién casada, conversábamos en grupo de mujeres sobre cómo le iba en la cocina en su “nueva vida”. En el momento, yo era parte de la conversación, seguramente hasta hice una de las preguntas, y aunque la conversación siguió normal, y ella ni se acordará de lo que dijo, a mi hoy, casi dos años después, todavía me retumba la frase.

Me impactó en el momento (sin estar ni cerca al feminismo) porque me cuestioné la forma en la que tenemos tan interiorizados los roles que la sociedad le ha impuesto a la mujer.

Yo no crecí en una familia en la que me criaran para ser la mujer de alguien, la encargada de la cocina y del oficio o de “administrar la casa”. Mi mamá no me enseñó a cocinar (porque además ella no cocina) y el gusto por la cocina lo adquirí por decisión propia al observar las señoras que trabajaban en mi casa. Pero si empecé a desarrollar mi adultez en un medio en el que para casarse hay que saber cocinar: “ay ya te puedes casar”, si uno prepara algo rico; “¿y por lo menos sabes cocinar?” cuando uno se quiere casar con su pareja; o frases como “las mujeres que quieren casarse y no saben ni hacer un huevo frito”; o los consejos hogareños en los tradicionales “shower de cocina” exclusivos para amigas. Parecen frases cliché y prácticas comunes, pero los modelos mentales que llevan implícitos son muy fuertes.

Todo este tema de la cocina es solo un ejemplo de un fenómeno social mucho más profundo y arraigado en nuestras mentes (si, la de todas y todos). Un sistema social-religioso-cultural que ha establecido que el rol de la mujer es en la casa, o que, si tiene un rol fuera de la casa, igual debe ser capaz de poder “mantener su casa en orden” para ser calificada como una buena mujer.

No se trata tampoco de que no podamos disfrutar cocinar, y ordenar la casa; hoy ya casada, cocino casi todos los días (por economía, por salud, por decisión propia) y me gusta. Se trata de que las mujeres podamos ser y hacer lo que nos plazca, sin tener que cumplir con ciertos parámetros con los que nunca miden a los hombres.

Al encontrarme con el feminismo he podido conocer mucho más a fondo el origen y el alcance de todas estas construcciones sociales alrededor de la mujer. Cosas que son cotidianas y muchas veces hasta “normales”, pero que en realidad se trata de una cultura machista que impone limites muy fuertes a la mujer (y al hombre en muchos otros aspectos) y que fundamenta y justifica muchos tipos violencias contra nosotras.

Obvio, nadie se casa para cocinar, aunque tener casa (solterxs o casadxs) implique hacer oficio interminablemente, pero no es una carga que recaiga sobre la mujer (en mi casa no lo es) pero a mi alrededor, en la mayoría de las casas de mis amigas, sigue siendo así, sencillamente porque “es lo normal”.  Y ahí está el feminismo atravesando toda nuestra cotidianidad y mostrándonos que NO, no es lo normal y amiga date cuenta.

Olga Bohorquez

Olga, politóloga dedicada al emprendimiento, la publicidad y lo digital, siempre se ha sentido indignada y seriamente enojada por las injusticias que ve en su país (Colombia). Esto ha incluido una constante denuncia por las violencias contra la mujer (por ser mujer) y la necesidad de igualdad entre hombres y mujeres ha guiado su vida familiar. Aunque solo hasta hace poco se autodenomina feminista, Olga ve el feminismo como una deconstrucción de su propia forma de pensar, hablar y vivir para poder colectivamente hacer historia. Por eso cree en la importancia de visibilizar mujeres que están haciendo historia. Olga es cristiana hace de 10 años, sus valores y su visión de la vida están sustentados en un Dios de amor; eso también sustenta su anhelo (muchas veces en contradicción e incomodidad a su religión) de luchar porque todas las personas sean amadas, respetadas y cuenten con sus derechos totales sin importar raza, género, creencias, condición social, sexualidad etc. Por eso en sus entradas encuentran diversos temas: amor, religión, vida cotidiana, historias reales, historias de mujeres en la guerra y mujeres en la paz y todo aquello que Olga vaya descubriendo en el camino de una feminista en construcción.

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