Ayer me puse a ver fotos cuando empezó la pandemia. Donde todo parecía empezar nuevamente con tanta certeza en mi vida. Había renunciado hace un mes, estaba empezando otros trabajos nuevos y me sentía comiéndome el mundo. Esas sensaciones que solo llegan cuando tomamos decisiones que demoramos mucho. Recuerdo que sentía que el feminismo de alguna u otra forma me llevó a tomar esa decisión de soltar el “deber ser” laboral y lanzarme a buscar qué quiero hacer con mi vida.

Estaba flaca pero como siempre, no sabía que estaba flaca. Tenía por fin el pelo largo pero como siempre, no sabía que tenía el pelo largo. Me sentía feliz, pero vivía con el pánico que algo dañara esa paz y por eso no quería que se sintiera mucho. Sabía que el camino que empezaba era importante pero no le veía ni pies ni cabeza. Y empezó la pandemia.

En las tantas discusiones se dieron sobre romantizacion de la misma, lloré mucho esos días. Me angustiaba cuando alargaban la cuarentena cada quince días, cuando oía a la gente pedir cosas o cuando veía videos. Dejé de ver noticias. Tuve miedo y rabia. Entonces hice todo lo que era el “must” de la cuarentena que todas creímos pasajera pero que se nos volvió el día a día. Empecé con yoga, hacia meditaciones, abrí bumble, leía libros como si los fueran a prohibir, creía que me estaba dando el tiempo de parar cuando realmente lo que estaba haciendo era sobrecargarme. Estaba explotando. Me había vuelto a perder y yo no tenía ni la mas remota idea.

Llevo años tratando de entender por qué a veces me siento como en la cima del mundo y después me caigo, entender qué es lo que se cae exactamente. Si soy yo o mis expectativas. Porque de repente todo a veces todo se siente tan ajeno, tan de otros, tan predeterminado. Y creo que por fin le pegué al palo y estoy entendiendo que todo eso tiene que ver con que para bien o para mal, quiero seguir encajando.

Seguir siendo la juiciosa y al mismo tiempo, la loca pero cuerda para lo que debe. La heteronormativa. La linda. La que incomoda, pero no mucho. La que piensa, pero no jode tanto. La que no decepciona y de una u otra forma.Ser la feminista chévere y perfecta, seguía en esa línea de “tú no eres como las otras feministas” y parece que entendí que se me metieron en mi cabeza unos nuevos “deber ser”, esos que pensaba que dejaba renunciando a mi trabajo anterior.  El patriarcado (una vez más) se metió en mi cabeza como una trampa.

¿Y saben? Nunca lo había visto así. Con tanta claridad, nunca me había sonado tanto en la cabeza y ahora suena tan duro que no puedo pensar en otra cosa. Y pienso principalmente que esto pasa porque nunca había tenido tanto tiempo para depender solo de mí y mi red de afectos. De nadie más.  Ver que allá afuera el mundo está incierto y que en lo único que puedo contar es conmigo, me desbloqueó un nuevo nivel de perder el miedo a decepcionar; pero sobre todo me quitó de manera definitiva el miedo a decepcionarme.

Entiendo y admito el hecho que cometo errores, que estoy lejos de sentirme perfecta, que mi felicidad se mueve con los días y que sí que no tengo la vida resuelta. Me he puesto un freno en ese afán. Acepté que no tengo ni idea sobre lo que quiero hacer de mi vida, que no me quiero dejar presionar para escoger una maestría que tantos de mi circulo social ya tienen resuelta y que tengo todavía muchos machismos (algunos nuevos) que había disfrazado perfectamente. Porque al final también soy humana; así yo insista en creerme la supermujer que el feminismo nunca me ha exigido. Aprendí que soy buena en el autoengaño como forma esporádica de sentir felicidad y que tampoco me voy a dar duro por eso. También debo permitírmelo. Es un derecho querer sentirse bien aunque uno no lo esté realmente.

La verdad, caer en la trampa del patriarcado es tan fácil. Es tan fácil sentirnos seguras y sentirnos en la obligación de vernos fuertes todo el tiempo. Es tan fácil renunciar a ese lado vulnerable  y tierno que al final de cuentas te hace una persona con sentimientos, que te humaniza. Es tan fácil no querer vernos débiles porque no queremos decepcionar (o decepcionarnos). Pero al final he entendido que esa dualidad, es parte de lo que soy como mujer y lo trascedente resulta ser admitir que no puedo con el mundo entero y que, para eso mismo, existe mi feminismo. Para explicarme que está aquí para quitarme o alivianarme esa carga, sea sola o en colectiva. En los tiempos que yo escoja. El feminismo existe para que dejemos de presionarnos por actuar como actuamos y más bien cuestionemos el porqué de nuestra conducta, porque como dice Celia Amorós “El feminismo, y por ende, las feministas no cuestionan las decisiones individuales de una mujer sino las razones que la obligan a tomarla”.

Así que, por lo menos mientras termino este blog, puedo admitir con tranquilidad que realmente, en este momento de mi vida lo único que me aterra es no ser lo que soy ahora, no tener la incertidumbre y preguntas que tengo la mayoría del tiempo, dejar de cuestionarme desde lo importante hasta lo que no parece tanto. Para mi feminismo pueda construirme más. Permitiéndome incluso que sea para aprender y no para mejorar.

Solo por hoy, me doy el gusto de no tener miedo para después compartirlo con las otras y recordarme que lo haré las veces que sea necesario. Ojala vengan muchos más días en los que me lo permita.

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