Desde el día de la elección de Claudia López como alcaldesa de Bogotá, tengo este tema en la cabeza: “las personas pueden ser diferente a mí pero se tienen que esconder.” Este parece ser el argumento de las personas “de bien”, de los buenos cristianos, de las madres preocupadas, y de la derecha bien pensante. Un pensamiento que solo sigue siendo reflejo de la homofobia, el racismo, el machismo, el clasismo y demás cualidades de la doble moral de los colombianos camanduleros. 

“Que sean gays pero que no los vea”, “que sean lesbianas pero no se besen en público”, “ yo los respeto pero que mis hijos no tengan que ver sus “espectáculos””, “que sean homosexuales pero no ocupen espacios públicos porque quieren imponernos su agenda y su rayo homosexualizador”, “que las mujeres aborten y se mueran pero que no sea legal”. 

De esto se trata esconder la diferencia: los adultos no son capaces de explicarle a les niñes que cada persona toma sus decisiones y que esas decisiones no siempre implican una familia de mamá y papá, esas personas deben mejor estar escondidas. También se trata de que los niñes y adultes trans tienen que seguir viviendo en cuerpos ajenos, propensos a la discriminación y al matoneo, porque su lugar es la clandestinidad para que nadie tenga que explicarle a su hijo o alumno las teorías de género. Y ni se diga de la protesta social: mejor que sigan trabajando por el mínimo y no se quejen así no les alcance para vivir, así mueran si tienen una emergencia y no los atiendan, así sus hijes no puedan estudiar porque la plata de la educación se la gastan en presupuesto militar. Mejor calladitos o “marchando” por el andén, pero mis privilegios, déjalos quietos. 

Entonces, en esto va la sociedad, “aceptamos la diferencia” mientras permanezca escondida, mientras no perturbe mi machismo, mientras no se le tenga que explicar a las nuevas generaciones que existe diversidad y que la tienen que respetar, mientras no se metan con MI modelo de familia, mi “opinión” discriminatoria y mis privilegios. 

Y esto no es realmente un avance, es la reproducción y mantenimiento del sistema patriarcal en el que ni las mujeres, ni los homosexuales, ni nadie “diferente”, deben tener un lugar público; un sistema en el que los estándares de masculinidad tóxica es la vara de medir a los niños, y con esto miles de prácticas violentas más. 

Que Claudia López sea alcaldesa, pero que mantenga su orientación sexual en privado; que no se bese con su pareja mientras celebra en público que ganó la alcaldía, pero Santos, Duque y Obama si porque “ellos si pueden manifestar afecto públicamente porque no son “diferentes””; que sea una mujer en el poder, chévere, pero que no grite mucho, que no hable de más, que no ponga a nadie en su lugar, que no denuncie nada con vehemencia. 

Así son las cosas, pero este ya no puede ser el modo de operar de la sociedad colombiana, de los métodos educativos y las decisiones políticas. Ya basta de ocultar y no nombrar las cosas, ya basta de que las personas se tengan que sentir diferentes y esconderse porque su vida se sale de la heteronormatividad y los lineamientos religiosos. Es hora de regirnos como sociedad con valores mínimos de solidaridad, comprensión, amor y respeto; o sencillamente regirnos por lo básico: los DERECHOS HUMANOS.

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