Contaba el número de veces en que me había sido violentada, discriminada. Aunque salí muy calmada después de la alteración del orden en un escenario nuevo para mí, sentía que algo no estaba bien, que había sido juzgada por quien soy. Era importante acordarme del número para luego pensar, de manera incrédula, como esas características pudieron ser usados en mi contra. 1,2,3,4,5,6:

Por ser mujer

Por ser joven

Por ser del Gobierno Nacional

Por ser rubia

Por ser costeña

Por ser mestiza

Estaba en Quibdó, asumiendo una nueva responsabilidad en el mismo sector donde llevaba tres años, en aquella época. Tenía que negociar con comunidades y esta vez, o esa semana, el turno era para una mesa chocoana.

Recuerdo que estábamos en un salón de clases de una de las entidades del Gobierno Nacional. Tal como el ambiente lo incitaba, cada representante de las entidades debía pasar al tablero y dar cuenta de los avances de los compromisos pactados. Fui una de las últimas al pasar.

El salón estaba lleno de ciudadanos que exigían ciertos tipos de reivindicaciones y estaban ahí, porque conocían lo que se había pactado con el Gobierno. El salón lo ocupaban casi 25 chocoanos, de los cuales, solo una mujer estaba presente. Ella decidió sentarse al frente. Una señora de edad, matrona, con su cabello alisado. Recuerdo que su presencia se imponía en todo el salón.

Sabía lo que habíamos avanzado, los acuerdos a los que llegamos y lo que faltaba por hacer, ya tenía fecha, delegaciones y me comprometí, como buena politiquera, que regresaría a la ciudad. Era cierto. Quería volver a Quibdó.

Intenté mirarlos a todos mientras explicaba cada uno de los puntos de los acuerdos, trataba de mirarlos las veces que fuera posible y de hacer énfasis en los ojos de la mujer, matrona, espectacular. Ahí tomaba aire y retomaba las ideas.

Al finalizar mi intervención, el salón se convirtió en un juicio. El primero en hablar fue un hombre que no me bajaba de ‘niñita’ insolente, de inexperta, solo porque le dije ‘No’ a sus peticiones porque no buscaban beneficiar a la comunidad. Le contesté que mi apariencia y mi edad no eran objeto de evaluación. Un segundo asistente, alzó la mano. Le di palabra. Trabajaba para el gobierno. No pronunció otra frase diferente a que me ‘faltaba de voluntad’. Al terminar su intervención, las manos de todos estaban alzadas y, al fondo, se escuchaban voces que decían: “yo sí la pongo en su lugar. ¿Qué cree que porque somos negros nos vamos a dejar de esta niñita?”.

Yo estaba incólume. Dispuesta responder solo las preguntas relacionadas con el propósito de la reunión. Sin embargo, los gritos no me dejaban escuchar, algunos se levantaron y amenazaron con cortar relaciones con la entidad que representaba. Pero ¡qué había pasado! Habíamos llegado a un acuerdo casi dos horas antes después de todo un día de trabajo, que a mi juicio, fue muy productivo. Pero no, no fue así, los ánimos estaban caldeados. Hasta que la matrona, la única mujer se levantó, los sentó a todos de un grito y me defendió, yo solo di tres pasos y quedé detrás de ella, como buscando escudarme en ella. Los regañó, los puteó, les explicó de mala manera lo que les intentaba decir. Cuando todos se sentaron de nuevo, procedió a darme la palabra, pero antes, me dijo que los perdonara, que ellos son así, que quieren llamar la atención cuando una niña llega a estos escenarios. Intentó en varias ocasiones darme la palabra, pero no pudo y su rabia era más poderosa.

Antes del último intento, se volteó y les gritó “es que ustedes son así porque son negros verdad”. Su tono fue muy chistoso, pero no se me ocurrió ni un segundo soltar medio risa porque sabía que era mi fin. Y lo que ellos no sabían, era que los 24 hombres, mayores, negros y furiosos me recordaban a mi abuelo que decía las palabras más lindas a modo de regaño.

Me sentí juzgaba, los comentarios que hacían entre ellos, me hicieron sentir que sus insultos y gritos me lo había ganado, ¡por mujer, joven, funcionaria del gobierno y hasta rubia! Qué locura.

Uno de ellos se atrevió a decir que uno en Bogotá no sabe nada del Chocó. ¡A ver! Me apresuré a decirle que a mí no me echaban cuento, que yo bien costeña del Mar Caribe con el Río Magdalena y estos bien costeños del Pacífico, que cómo no nos íbamos a entender. Pero no, no iban a entender, no querían negociar conmigo, por las razones que cada uno tuviera.

Minutos después, un No rotundo mío frente a una petición, airó los ánimos. Yo recogí mis cosas y dejé el avispero en su esplendor, no sin antes darle un fuerte a abrazo a la matrona que al final me dijo que me parecía mucho a ella y que a partir de ese momento me llamaría prima.

Me apresuré a ir al aeropuerto para evitar un linchamiento innecesario. Le conté a varios compañeros, de otras mesas, lo que me había pasado. No lo pudieron creer que a estas horas del partido nos rechazáramos por ciertas características. Yo solo reí y lo dejé pasar, les dije que encontraría la forma de regresar y recomponer la mesa de diálogo.

Entre habladuría y habladuría nos dimos cuenta que estaban abordando el avión que nos llevaría a Bogotá. Fuimos los últimos. Dijimos que no escuchamos los parlantes, que por favor nos dejaran pasar, que el avión aún no había despegado. Yo solo quería ir, dormir un rato para poder ir al día a siguiente a clase. Olvidaría por completo el número exacto de cada característica por la que me sentí discriminada y pasaría como una anécdota más que contaría en algún almuerzo.

La señora de la aerolínea nos miraba muy mal, nos decía que buscáramos donde dormir en Quibdó, pero ¡cómo! después de semejante bonche, sin embargo, hizo un par de llamadas y les contó que varios pasajeros estaban pidiendo abordar. Alguien le preguntó, al parecer, que dónde estábamos porque su respuesta fue “¿Los despistados? Sí aquí están aquí en el counter, ¿si los ve? Bueno, ahí, donde está la mestiza esta.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Carolina Silva

    Me encanta!

  2. Suddy Claro

    Hermosa anécdota.

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