Me pregunto qué será lo más apropiado para escribir en un primer post. Tengo tantas cosas por decir y contar, pero por otra parte quisiera jugar de manera acertada para ayudar a muchas mujeres que como yo, tuvimos que pasar por momentos no gratos que nos cambiaron la percepción de ver la vida. 

Así que voy a empezar por el principio y contando cómo llegué a considerar que era una mujer feminista. Debo admitir que antes tenía un pensamiento un poco de extremos. Mi vida se basaba en un sí rotundo o un no igual de rotundo.  Esto generó en mi vida personal muchos conflictos porque a pesar de que las cosas me funcionaban como un reloj, cuando no salían como yo quería, mi infelicidad era enorme y a la vez abrumadora. Entre esta psicorrigidez que me caracterizaba, había pensamientos machistas, homofóbicos, xenofóbicos y todo lo que se puedan imaginar que resultara siendo poco inclusivo y empático. Esto no cambió durante mucho tiempo, pues, cuando me gradué del colegio decidí estudiar teatro musical y en resumen, todo el bullying que no recibí en el colegio, lo recibí allí.  Esto hizo que a pesar de que sabía que era talentosa, me dejé opacar todos los días hasta que al final, decidí salirme de un mundo lleno de prejuicios dónde dejé de ver mi propio valor y esencia. No me mal interpreten, está bien querer estar en el gremio del teatro, la música y el baile (lo sigo amando), lo que no está bien es querer encajar en el prototipo de artistas que “quiere ver el público” sin encontrarse a uno mismo y sobrepasar todos los medios para llegar a un fin.

En este entorno aprendí un poco a aceptar que las personas eran diferentes a mí, sin embargo, seguía en búsqueda de aceptar lo que era diferente a mí (sabía que había algo, que era positivo, pero me costaba encontrarlo). Ahí, decidí dejar la carrera artística y dedicarme a lo que hoy amo ser, Internacionalista. Por cosas del destino, la vida me llevó al estudio de las Relaciones Internacionales (RR.II) de una manera muy orgánica. Aquí tuve un acercamiento a la historia, a las diferentes culturas, a las religiones, etc. Incluso, tuve algunas materias donde veíamos el feminismo como una rama teórica de las RR.II en diferentes contextos históricos… (porque claro, una feminista de hace 50 años no va a luchar por lo mismo que luchamos nosotras actualmente).

Para no hacerles el cuento tan largo, en esos años de carrera conocí a alguien (sentimentalmente) que me llevó al límite como persona y como mujer. 

Primero, para mí sonaba muy contradictorio e incoherente que yo leía, aprendía y admiraba lo que las mujeres habían luchado antes para lograr grandes cambios en la sociedad hoy en día, pero, al mismo tiempo, permití tantos abusos y humillaciones (por parte de esta persona) solo por escudarme tras la palabra “cariño” (o eso creía yo). Era tal mi incredulidad que creía que cada acto mal intencionado de mi ex-pareja, era consecuencia de mis propias e individuales “provocaciones” (es decir, yo era la culpable). Incluso, llegaba al punto de sentirme tan enojada, que me salía de mí misma. La sensación de no poder enfrentar a alguien que te dobla en fuerza era realmente desagradable, y más que desagradable, denigrante por cómo me hacía sentir. Pero estaba tan enceguecida que un simple, “Ya sé que no estuvo bien Laura, ya dejémoslo hasta ahí”, era suficiente arrepentimiento por parte de él, como para que olvidara y empezara de cero esa tonta ilusión. 

No es fácil hablar de esto en público por muchos motivos. No quiero dañar la imagen de nadie, este dolor me persiguió mucho tiempo, se volvió mi sombra y me hizo mucho daño en todo sentido. De hecho, me obligó a salir del país porque me sentía ahogada y abrumada, no me reconocía a mí misma. Aun así, no me arrepiento de lo que viví porque ahora soy una mujer fuerte, una mujer que no señala a otras en situaciones similares.

Además, tristemente es muy fácil aconsejar o criticar a otra mujer por estar en este círculo vicioso (de involucrarse en una relación tóxica y seguir allí), pero es aún más fácil correr el riesgo de caer en él. Este tipo de situaciones son más comunes de lo que creen, y estoy segura de que, si me pongo a contar anécdotas, más de una se va a sentir identificada. Quizá más adelante les vaya contando las que más me marcaron, pero por ahora el propósito es hablarte a ti. Quiero hablarle a esa mujer que no sabe qué hacer en estos momentos, que no llora porque la están maltratando bien sea física o psicológicamente. Ella llora porque su corazón no quiere y se niega a aceptar que esa persona está acabando poco a poco lo que un día se creyó poco probable, porque una parte de ella anhela que él cambie y no la vuelva a gritar o maltratar… Porque cuando salgan juntos, él decida por voluntad propia no tomar (alcohol) porque sabe que si lo hace se va a volver un maldito loco…

Te hablo para que sepas que no eres la única, que el sentimiento lo están sintiendo miles. Sé que si yo pude salir de ese hoyo que todavía me dejó cicatrices, que todavía lucho en sanar, tú también lo puedes hacer. ¿Sabes por qué? Porque no va a cambiar, porque un “lo siento”, o una invitada a cenar no solucionan nada de trasfondo, solo maquillan el problema, pero la estructura sistemática de violencia y constante indignación está presente así se quiera disimular. Porque la decisión de respetarte está en ti misma y nadie puede ni va a tomarla por ti. 

Muchas veces me preguntaron si me pegaba, si llegó a agredirme físicamente. Mi respuesta siempre fue un rotundo ¡no!… En ese entonces pensaba… ¿cómo podría llamarse “golpe” o “violencia física” a un simple apretón de muñecas, a un jalón de brazos, a un “pequeño empujón”, a una reventada de manilla, a un grito a centímetros de tu cara, etc?

Yo creía que muchas de esas reacciones eran consecuencia de “mis provocaciones” (otra vez yo responsabilizándome de una culpa y carga que me auto-imponía constantemente sin darme cuenta). 

Hoy tengo la certeza que no sólo se trataba de maltrato físico, también se trataba de un maltrato psicológico que fue inundando todo en mí. El hecho de hacer todo lo posible para que no se enojara, contestar el celular rápido para evitar una pelea, pensar que yo era la culpable y lo que él hacía no era nada grave me hace decir hoy, después de muchas cosas y miedos superados, que eso era y es abuso, esos eran y son golpes, por tanto, considero que definitivamente era, es y siempre debería ser considerado como maltrato. 

Esto no se trata de que se compadezcan de mí, tampoco que crean que pueden juzgar por qué me vi envuelta en una situación de estas. Curiosamente, la primera vez que tuvimos un enfrentamiento fuerte, él me tomó de los brazos y me apretó tan fuerte que de un tirón me cambió de lado. Ese día quedé tan atónita que quería pensar que él, el supuesto amor de mi vida, el hombre con quien quería envejecer, simplemente no me había tocado, que fue un impulso del momento nada más. Pero ese día se rompió algo que jamás logramos reparar… porque conforme fue pasando el tiempo, peores eran las reacciones de él y más era mi permisión a estas.

Esto no es más que una historia entre miles peores que existen, pero sé que me hubiera ayudado mucho una mujer que me dijera: te entiendo y no está mal sentirte de esa manera (insegura, confundida, queriendo amarse y encontrarse por sobre todas las cosas). Me hubiera gustado sentirme menos juzgada, más respaldada por mi género. Es por eso que quiero compartir mi historia. Pasé de ser una mujer de extremos, cuadriculada, con un carácter muy fuerte, a una persona que dejó caer por completo su orgullo. Soy una mujer que ahora quiere y busca constantemente un cambio, no en ella, porque estamos de acuerdo que no soy ni la sombra de lo que les conté, pero sí un cambio para que estas situaciones no sigan pasando, y si pasan, que cada mujer sienta que no está sola ni se sienta señalada.  Aprendí a ver a las mujeres como mi apoyo y no como mi competencia, a admirar la belleza más allá de estereotipos, a amarme a mí sin compararme con otras… Aprendí a entender que muchas veces nuestro polo a tierra y la vuelta a la racionalidad es tener, y en otros casos ser, un soporte cuando una mujer vuelve con su esposo o novio después de existir maltrato y creer que todo sigue igual. Aprendí que en esos momentos nos tenemos que convertir en un bastón y no en una carga y juicio de valor más en un momento doloroso. Aprendí que eso puede salvar vidas, puede hacer que nunca más aceptemos el maltrato y puede ser el inicio de un nuevo camino cuando creíamos que solo existía el camino de estar en una relación tóxica sin saberlo y aceptarlo.

Gracias mujeres…

Deja un comentario